miércoles, 11 de mayo de 2011

Antología Z de Somos Leyenda y Athnecdotario Incoherente

Ya que la historia que normalmente nos ocupa, por el momento, anda parada, hoy os traigo algo más de lectura Z para que vayáis pasando el mono. Y es que Athman, forero en Somos Leyenda y autor del blog Athnecdotario Incoherente, ha impulsado en dicho foro un certamen a partir del cual, recopilando los mejores relatos presentados, se ha creado una antología. La Antología Z de Somos Leyenda y Athnecdotario Incoherente se puede descargar de forma gratuita en formato .pdf aquí.

Además de desear que os gusten los relatos, entre los que se encuentra uno escrito por mí, me gustaría felicitar a Athman por este proyecto y agradecer la oportunidad de participar en él.

Por si tenéis curiosidad, la portada es de Nacho de Marcos, cuyo trabajo podéis ver en su blog.


jueves, 28 de abril de 2011

Un lugar al que ir

Tengo la sensación de que voy a morir en cuanto me detenga. Sigo en movimiento casi por inercia, dejando atrás el bullicio de un hatajo de hienas dando cuenta de un cadáver fresco. Me zumban los oídos, mi visión es un túnel. De vez en cuando algún movimiento inesperado me asusta, entonces me doy cuenta de que es uno de mis compañeros, corriendo junto a mí.
Poco a poco las naves y los almacenes se dispersan y se alejan. Los gemidos de los muertos apenas se oyen. Aminoramos el paso, pero sin parar del todo. Un poco más allá, a nuestra derecha, se ve una carretera, docenas de vehículos se apilan en recuerdo de un apresurado intento por escapar del horror. Cambiamos ligeramente el rumbo para alejarnos de ellos, puede que los ocupantes todavía sigan en el interior. Poco a poco las calles y los edificios quedan atrás y el silencio nos rodea. Dejamos de correr, ahora caminamos con precaución. Frente a nosotros se extiende un terreno desigual, dominado por la maleza y alguna edificación solitaria. Doy un tirón a Mishel para que siga caminando.



Escruto con atención el espacio que nos rodea. Escucho algunos gemidos, pero están lejos, no creo que supongan ahora mismo una amenaza. Trato de conducir al grupo hacia espacios despejados, si vuelven a acorralarnos estamos muertos. De hecho todavía me sorprende haber podido sacarlos del almacén... aún habiendo perdido a Sam. Los metí en una puta ratonera... pero ¿qué opciones tenía? Exhaustos, desnutridos, apaleados por aquellos cabrones, no era precisamente fácil mantenerlos vivos. No va a ser fácil ahora tampoco. Lukas camina algo alejado, en completo silencio. Mishel parece un fantasma, pálida y completamente inexpresiva. Alex sangra por el oído. Me acerco y paso los dedos por el reguero oscuro que le baja hasta el cuello. Ella se sobresalta. Es sangre seca.
- Me dieron una patada en la cabeza -explica-. Uno de aquellos salvajes. Yo estaba en el suelo.
- ¿Te duele ahora?
- Un poco. Oigo un zumbido.
Oír su voz es reconfortante. Al menos parece consciente y alerta. Escuchamos algunos ruidos y un olor nauseabundo aparece de golpe. No veo podridos por aquí, pero está claro que están cerca. ¿Dónde?




Isaac se pone en tensión. Todos nos detenemos un momento. Nos quedamos quietos y en silencio mientras él se adelanta unos pasos, buscando el origen de los ruidos y el olor. Entonces se da la vuelta y nos hace señas para que nos acerquemos. Dudo un instante, pero confío en que no nos conduciría hacia algo peligroso. Cuando llegamos a su altura, lo entiendo todo.


La zanja.


La puta jodida zanja. Nos corta el paso. Abajo, en el fondo, un par de podridos intentan moverse entre una masa de cuerpos sin vida. Probablemente eran zombis que los militares eliminaron para impedir que salieran de la ciudad. Debieron de acumularse cientos de cuerpos, incluso miles, así que cavaron una zanja y los echaron dentro. Los que se mueven deben de haberse caído dentro después.


Levanto la vista, el cordón militar no puede estar muy lejos. La última vez nos obligaron a volver a la ciudad a base de balas. Me pregunto si vale la pena volver a intentarlo.




- ¿Qué es esto? -dice Lukas. Mira hacia abajo con expresión de asco.
- Es una idea del ejército -responde Alex-. Los podridos que se alejan de la ciudad se caen dentro y no pueden salir.
- Si alguno lo consigue -añado yo-, un poco más allá hay un cordón militar. Disparan a cualquiera que se acerque. Incluso a los vivos.
Lukas nos lanza una mirada sorprendida.
- ¿Habíais estado aquí antes?
- No exactamente -le explico-. Pero me temo que tanto la zanja como el ejército rodean la ciudad entera. Algo así nos contó... un viejo amigo. Era militar.
- Entonces... ¿qué hacemos?
Se hace el silencio por un momento. Trato de pensar en alternativas, pero sólo veo dos. Atravesar la zanja y jugárnosla con el ejército, o volver a la ciudad y jugárnosla con los saqueadores y los podridos. Observo a mis compañeros y me pregunto si aguantarían alguna de las dos opciones, cualquiera de ellas es una muerte más que probable. Mi instinto me dice que vuelva a la ciudad. A la caza, a ser un animal. Perder la poca humanidad que me queda en favor de la supervivencia. Pero ellos... no puedo conducirlos a una perdición así. No puedo llevar a Alex a ese infierno de nuevo. Si tan solo pudiera sacarla de aquí, ponerla a salvo... luego yo podría volver a donde pertenezco.
- Vamos a intentar atravesar la zanja.




- ¿Crees que tenemos posibilidades? -pregunta Lukas. Isaac se encoge de hombros.
- Es la única forma que tenemos de salir de aquí -responde-. Es eso o volver atrás.
Nadie dice nada. Pero yo no pienso volver atrás.
- Vamos.
Echamos a andar, bordeando la zanja. Es demasiado ancha para cruzarla de un salto, incluso en los puntos más estrechos, así que la forma de atravesarla es bajar y subir por el otro lado. También podríamos utilizar algo para pasar de un lado a otro.
- ¿Veis algo que pueda servir como puente? -pregunto a los demás. Isaac se para un momento.
- Tengo una idea -dice-. No os mováis de aquí.
Se asoma con cuidado a la zanja y, lentamente, se desliza hacia abajo por la pared de tierra. El barro se adhiere a su cuerpo a medida que baja. Un puñado de podridos se aproximan, él los aparta a golpes y se acerca a los cadáveres que hay en el suelo. Coge aire, se agacha y levanta a uno, cargándolo al hombro. Lo coloca encima de otros dos. Luego repite la acción con otro, y otro más. Los podridos se le echan encima, se sacude y los aparta. ¡Uno le ha mordido!
- ¡Isaac!
- ¡Estoy bien, tranquila! -grita él, desde abajo. Los mordiscos no parecen afectarle demasiado aparte de causarle algunas molestias. Eso no consigue calmarme, de todos modos. Pero la pila de muertos gana altura poco a poco, construyendo un macabro puente hasta el otro lado. 




Tengo ante mí una pequeña montaña de cadáveres tan alta como yo. Los brazos y la espalda me duelen por el esfuerzo, no creí que la tarea sería tan agotadora. Creo que es suficiente para que los demás puedan atravesar el hueco, aunque tengan que bajar un poco, ya que la pila no llega hasta la superficie. Con una señal de la mano les indico que ya pueden pasar, yo me ocuparé de mantener a raya a los podridos que se acerquen. Son pocos, y de uno en uno no suponen una gran amenaza. Mientras no aparezca uno de los rápidos, estaremos bien.


Lukas es el primero en pasar. Se desliza suavemente por la pared de barro y se coloca a cuatro patas sobre el primero de los cuerpos. Es una buena idea, guardará mejor el equilibrio. Se hace el silencio mientras avanza con cautela, procurando no tocar las heridas de los cadáveres. Al llegar al otro extremo, se encarama con cuidado a la pared y con un último esfuerzo, consigue subir. Mira a su alrededor, como cerciorándose de que no hay peligros cercanos. Entonces sonríe.
- ¿Siguiente?
Alex lleva a Mishel hasta el borde de la zanja. Al principio parece que no entiende lo que está pasando, así que se pone frente a ella y la mira directamente a los ojos.
- Tienes que pasar por encima de los cuerpos y llegar al otro lado -dice con voz firme. Tras un momento de vacilación se pone en marcha. Imitando a Lukas, gatea sobre la pila de cadáveres con expresión ausente. En el otro extremo, Lukas la ayuda a subir. 




Finalmente llega mi turno. Paso sobre los muertos con extremo cuidado, tratando de no recordar la última vez que estuve en este agujero. Lukas me ayuda a subir cuando llego al otro lado. Una vez a salvo, Isaac se encarama con dificultad a la pila de cuerpos y consigue salir. Necesita un pequeño tirón por nuestra parte y se queda en el suelo unos segundos, de rodillas, recuperando el aliento. Esperamos pacientemente a que se recupere, después del trabajo que ha hecho se encuentra al límite de sus fuerzas. Da la sensación de que se obliga a levantarse cuando por fin se pone de pie. Se adelanta unos pasos de nuevo para encabezar la marcha. Los demás lo seguimos en silencio.


A lo lejos se distinguen algunas formas. El cordón militar, supongo. Por el momento no se observa movimiento, pero lo más posible es que dentro de poco escuchemos su aviso. O tal vez un disparo, si son menos amigables que los de la otra vez. En todo caso, Isaac levanta las manos y nos sugiere que hagamos lo mismo. Que no nos tomen por zombis, al menos.


Pasa un minuto, dos, tres. Seguimos avanzando.


No llega ningún aviso, tampoco ningún disparo. Nos acercamos a la parafernalia que el ejército montó, ahora se ven claramente: todoterrenos, camiones e incluso tanques forman una frontera infranqueable para cualquiera que intente pasar.


El aviso sigue sin llegar. Una pregunta retumba en mi cabeza, en la de todos imagino.


- ¿Dónde están los soldados?


Nadie responde. Aminoramos el paso. Al fin, nos encontramos frente a frente con lo que debería ser el ejército. Pero aquí no hay nadie.




Está vacío. Los coches, los camiones... Todo está vacío. Me acerco con cuidado a la barricada, haciendo gestos a mis compañeros para que esperen un poco más atrás. Hay un par de todoterrenos y una camioneta junto a mí, me asomo al interior para no encontrar nada. Una inspección más detallada revela que hay algunos huecos en el cordón militar. Algunos vehículos han abandonado su posición. Todo apunta en una sola dirección.


Mis temores se confirman cuando llego al otro lado de la barricada. Decenas de cadáveres con uniforme militar, tendidos en el suelo. Un puñado se tambalean torpemente sobre sus piernas dirigiéndose hacia mí. Me acerco a los cuerpos en busca de armas, pero alguien los ha desvalijado ya. Al final, dentro de uno de los todoterrenos encuentro una bolsa con varias pistolas y una docena de cargadores. Cojo una y vuelvo con mis compañeros. Por la expresión de su rostro, ellos también se han dado cuenta de lo que ha ocurrido aquí.




Isaac quiere que subamos a un todoterreno. Lo hacemos sin protestar, aterrorizados, no tanto por los pocos podridos que rondan los alrededores, sino por lo que ello significa. Significa que han atravesado el cordón militar, que probablemente era la última barrera que impedía la expansión de la epidemia. Significa no sólo la ciudad está infestada, que no sabemos qué podemos encontrar ahí fuera. Significa que no estamos a salvo aún, y que no sabemos si algún día llegaremos a estarlo. Significa que esta pesadilla no se ha terminado.


Lukas pone el vehículo en marcha y comprueba que tiene combustible. Isaac, asomado a la ventanilla, dispara a unos cuantos zombis que se acercan peligrosamente. Me ha dado otra pistola a mí, pero usarla ahora sería desperdiciar las balas, y no sabemos cuándo las vamos a necesitar.


Nos movemos, campo a través, alejándonos de la ciudad. Pasamos junto a un pequeño campamento del ejército que ahora parece desierto. Todo a nuestro alrededor tiene el mismo aspecto de abandono, de desesperanza. No sabemos a dónde vamos... ni si queda algún lugar al que ir.






Fin del Volumen I

domingo, 23 de enero de 2011

Sin mirar atrás

Los podridos gritan ahí fuera, dan golpes en la puerta, se empeñan en entrar. A mis pies se apilan unos cuantos cadáveres, los que Lukas y yo hemos podido matar. ¿Matar? ¿Se mata a los muertos? Qué más da, dentro de nada seremos como ellos, ya es sólo cuestión de tiempo que nuestras fuerzas no sean suficientes y consigan meterse aquí dentro. No sé a qué viene esta estúpida obstinación por mantenerse con vida, después de todo. La vida es un estado pasajero, y luego... joder, luego resulta que hay algo y es todavía peor. Aunque no sé si realmente están muertos.
- ¡Alex!
Lukas me llama, está sujetando del cabello a uno de los engendros que ha conseguido colar la cabeza mientras intenta mantener la puerta cerrada con el peso de su cuerpo. Una lluvia de martillazos, finalmente el cráneo se astilla y hundo la herramienta en la masa encefálica. La sangre salpica, me asalta la duda de si puedo contraer la infección al contacto con ella. Cuando se queda inmóvil, tiro del cuerpo hasta que queda dentro y Lukas puede cerrar de nuevo. Era una señora mayor, con un vestido de flores.



Me abro paso entre la muchedumbre que se agolpa frente a la nave. Esperaba que me atacasen a mí, al menos algunos de ellos, pero parece que mis compañeros son más apetecibles. Tal vez porque son humanos del todo, no lo sé. Intento cargarme a todos los que puedo, pero con una multitud así me llevaría días, y ni siquiera sé si tengo algunos minutos. Tengo que llegar hasta la puerta, abrir un camino, darles tiempo para escapar, cualquier cosa. Aparto a los podridos, los lanzo contra los otros, se caen al suelo en montones desordenados y tratan torpemente de ponerse en pie. Lo conseguirán aunque tarden un rato, son criaturas perseverantes. Ahora parece que reparan por fin en mi presencia, algunos me atacan, lanzando dentelladas desesperadas, y yo sonrío. Es todo lo que me hace falta para sentir ese subidón de adrenalina y lanzarme contra ellos con fuerzas renovadas.



Nos apuntalamos contra la puerta, que vibra con cada golpe, con cada embestida de la masa que pugna por entrar. Llamo a Mishel a gritos, le pido que venga a ayudar. Tarda unos segundos en reaccionar, como si al principio no entendiera lo que le estoy diciendo. Al fin viene, aunque entre ella, Lukas y yo no sumamos para nada las fuerzas necesarias para contener a la turba. Sam respira con dificultad a un lado.
- ¿Cómo vais, chicos? -dice, articulando lentamente las palabras, la voz débil.
- Aguantando -responde Lukas-. ¿Y tú, Sam?
- Igual -dice él-. Aguantando -hace una pausa, me da la sensación de que sonríe-. Tened fe, saldréis de ésta.
- Saldremos de ésta -corrijo.
Los pies me resbalan hacia delante, la puerta cederá pronto. Nuestras esperanzas también.





Levanto uno de los cuerpos, se revuelve mientras lo sostengo sobre mi cabeza. Un hormigueo me recorre los brazos, por mis venas corre energía pura. Lanzo al podrido contra un pequeño grupo, retroceden y caen, aúllan tratando de ponerse en pie de nuevo. Recibo un mordisco en el hombro, me vuelvo, dando un fuerte codazo que le rompe la nariz al muerto y hace saltar unos cuantos dientes. Me rodean, pero avanzo. Si consigo llegar a la puerta, luego podría proteger al grupo hasta alejarlo de la horda, o contener a los podridos hasta que ellos encontrasen otra salida en la nave. Ya estoy cerca, sólo un poco más, una cabeza aplastada contra el asfalto, mi bota contra una espalda, sobre un cuello. Aguantad, por favor...


Los golpes se vuelven de pronto más débiles, hasta el punto de que dejamos de sentir la puerta vibrar a nuestras espaldas. Los aullidos, sin embargo, parecen incluso más intensos, más ansiosos y desquiciados. Entonces, una voz se eleva por encima de los gritos.
- ¡Alex!¡Sam!
El corazón me da un vuelco. Tenemos una oportunidad de salir de aquí con vida.
- ¡Isaac!
Todos nos ponemos más alerta si cabe, abrimos ligeramente la puerta, una fina rendija. Fuera, Isaac pelea contra una masa de engendros, intentando mantenerlos lejos de nosotros. Gira ligeramente la cabeza, nos ve asomar.
- ¡Buscad otra salida mientras los contengo aquí!
No perdemos tiempo, mientras Lukas se queda junto a la puerta, para defenderla si algún zombie se le escapa a Isaac, Mishel y yo nos ponemos a recorrer la penumbra de la nave en busca de una nueva salida del almacén.




Los podridos se abalanzan sobre mí, hambrientos y desesperados, sus dedos agarrotados se cierran sobre mis brazos, me sacudo violentamente para quitármelos de encima. Algunos vienen a por mí, pero otros intuyen que lo que hay detrás es mucho mejor, más apetecible. Tras la puerta del almacén siento la presencia de mis compañeros, también es más apetecible para mí... Pero no, no es lo que quiero. Lo que quiero es protegerlos. Los intentos de los hambrientos por entrar me enfurecen, lanzo una descarga de golpes sobre ellos y grito a mis espaldas que, por favor, se den prisa. Son muchos, contenerlos no es fácil.




Las ventanas del almacén están altas, al menos tres metros sobre nuestra cabeza. Las cajas que quedan esparcidas por la nave no formarán una escalera suficiente. ¿Una salida de emergencia? Tal vez pueda encontrarla... 
- Vamos Mishel, ayúdame.
Recorro el perímetro de la estancia, dando traspiés, buscando una puerta o un hueco en la pared. Lo único que encuentran mis manos, palpando la penumbra, es la pared desnuda. De pronto mis dedos topan con algo distinto, una superficie fría y metálica. ¡Una puerta! Contengo la respiración y tiro de la manivela, la hoja se abre tras un breve forcejeo. Levanto la mirada, esperanzada, pero no veo la luz del exterior, algo está tapiando la apertura. Una pared de ladrillo.
- No...
Golpeo el muro con el puño, con la mano abierta, araño los ladrillos hasta hacerme heridas en los dedos. Las lágrimas me resbalan por la mejilla, abriendo un surco entre la suciedad y la sangre seca. Llorando, recorro el resto de la nave con desesperación, pero no hay ninguna otra salida. Una horda de zombis aúlla en el exterior, el almacén es una ratonera.


Vuelvo temblando hasta mis compañeros, Mishel sigue junto a Lukas, donde la dejé. Niego con la cabeza, aunque por mi expresión es sencillo adivinar que no traigo buenas noticias. 
- ¡No hay otra salida! -grita Lukas, espero que Isaac pueda oírle. 




La voz del chico nuevo se abre paso entre los gemidos de los muertos. No recuerdo cómo se llama, pero no importa. Es una mala noticia, porque ahí dentro tampoco están seguros. No puedo enfrentarme solo a toda una horda, me dedico únicamente a contener a los que se acercan demasiado, pero es un ejercicio agotador incluso para mí. Tarde o temprano entrarán y el almacén se convertirá en una ratonera. Lo único que se me ocurre es sacarlos de ahí, cubrirles mientras se alejan lo suficiente y rezar por que ninguno de los que están cerca eche a correr.
- ¡Voy a tratar de abrir un camino a través de los zombis! -les grito-. ¡Preparaos para correr!


Un escalofrío me recorre cuando pienso en pasar a través de esa horda de muertos. Respiro, nos miramos, el último momento de calma antes de la tempestad. No puedo evitar ponerme a temblar al escuchar los aullidos al otro lado de la puerta metálica. Sam se adelanta unos pasos, no sin esfuerzo.
- Vamos, preparémonos -dice. Me doy cuenta de la gravedad de su estado con sólo verle el gesto desarmado.
- No podemos salir, es un suicidio -interrumpo. Sam me observa con seriedad, nunca lo había hecho de ese modo.
- Si nos quedamos aquí, entrarán tarde o temprano. Eso sí es un suicidio, no podríamos salir. Tal vez no sea la mejor opción, pero es la única que tenemos.
Me muerdo el labio pero soy incapaz de replicar. Está bien, no hay nada que discutir. Lukas y yo cargamos con Sam. Respiro de nuevo, esperamos el aviso de Isaac.




- ¡Ahora!
La puerta del almacén se abre a mis espaldas, veo de refilón a Alex y el otro chico ayudando a salir a Sam. Ella se vuelve un instante hacia la puerta.
- ¡Mishel! ¡Vamos! -grita. Me deshago de un par de podridos que rondan al pequeño grupo, pero apenas avanzan. Mishel sigue dentro del almacén, parece que no quiere salir. Los empujo un poco, obligándolos a dar unos pasos hacia delante.
- ¡Nos os paréis! 
Me inclino un poco hacia el interior del almacén, mis ojos tardan una fracción de segundo en acostumbrarse a la oscuridad, pero puedo percibir a Mishel incluso antes. La cojo del brazo y la saco al exterior de un tirón.
- ¡Corre!
Le lleva unos segundos reaccionar, pero al segundo empujón parece ponerse en marcha. Un poco más adelante se encuentran los otros tres, enseguida los alcanza, son extremadamente lentos. Los zombis se agolpan a nuestro alrededor y yo no paro de moverme de un lado a otro, lanzándolos por los aires o pateando sus cuerpos desvencijados. Comienzo a dudar, tal vez no haya sido buena idea sacarlos de ahí. Pero ahora ya no hay vuelta atrás, el cerco se cierra. Veo a Alex esgrimir el martillo, con Sam colgando de su hombro. El otro chico está justo a su lado, tratando de mantener a los muertos lejos de ellos.




Cargo con todo el peso de Sam cuando Lukas se ve obligado a separarse para poder alejar a los zombis. Todavía lleva la pistola en la mano, pero intenta evitar los disparos, sabe que apenas queda munición. Al final la situación se vuelve insostenible y suena el primer disparo, provocando una pequeña lluvia de sangre junto a nosotros. Nos movemos junto a la pared del almacén, para tener menos frentes abiertos, pero aun así estamos agotados. Levanto el brazo que me queda libre y descargo un martillazo sobre el cráneo de una adolescente. Tengo que dar un fuerte tirón para sacarlo, el cuerpo cae como una marioneta sin hilos. Sam gruñe, para él, cada paso supone un gran esfuerzo. Isaac nos grita desde atrás para que nos demos prisa.




Los ataco incluso con los dientes, aunque su carne nada tiene que ver con lo que desearía llevarme a la boca. Desesperado, llevando mis fuerzas al límite, aparto a un pequeño grupo que se acercaba peligrosamente a mis compañeros con una fuerte embestida. Derriban a otros en su caída, tenemos espacio para avanzar unos metros más.




Lukas se ha alejado demasiado, ahora tiene problemas para volver junto a nosotros. Isaac le grita que siga avanzando, por el momento es capaz de defenderse. Sam vuelve a gruñir y siento que se mueve, dando una sacudida. Baja la cabeza y mira al suelo, hay algo que nos impide el paso. Cuando miro en la misma dirección una película de sudor frío empieza a cubrirme la frente. Hay un cuerpo en el suelo, agazapado. Sam sacude la pierna, es el movimiento que acababa de sentir. El muerto tiene los dientes clavados en su pierna. Atravesando el pantalón, la sangre baja por la bota y se mezcla con el barro y la suciedad. Un martillazo certero afloja la presa, pero la herida es grave. Sam se tambalea.
- Suéltame, y corre -dice en un susurro. Muevo la cabeza. No, me niego a que esto esté ocurriendo.


Isaac se da cuenta de que nos hemos parado y trata de acercarse, nos ordena continuar. Empujo a Sam, que dibuja una mueca de dolor al apoyar en el suelo la pierna herida. Isaac entiende que algo no va bien, le basta una mirada del bombero para comprender qué está ocurriendo. Parece dudar un instante, luego se vuelve para acabar con un par de zombis que alargan los brazos en nuestra dirección.
- ¡Alex, corre! -me ordena. Las lágrimas me nublan la mirada.
- Vete, pequeña -dice Sam, vuelve a tener en el rostro su eterna sonrisa-. Cuida del grupo. Y no pierdas el martillo.
Quiero decir algo, pero la voz me falla. Al final, es Isaac quien tiene que tirar de mí para que lo deje. Me obliga a avanzar mientras aparta zombis de nuestro camino, echamos a correr para ganarles ventaja. Rápidamente alcanzamos a Mishel y a Lukas, que me mira horrorizado al advertir la ausencia de Sam. No necesito explicarle nada, intento pensar en correr, sólo correr y escapar de la muchedumbre, ganar ventaja metro a metro mientras sus pasos lentos y descoordinados quedan atrás.


Y salimos. Salimos de la horda, vivos, agotados. Isaac se detiene y le quita la pistola a Lukas, pero no permite que ninguno de los demás nos paremos. Rezo por que quede una bala.




Mantengo la cabeza fría y el pulso firme. Sam apenas resiste de pie, ya tiene el cuello y los brazos cubiertos de mordeduras y un pequeño grupo de podridos parece que tiene intención de cebarse con su cuerpo. Cruzamos una mirada fugaz, suficiente para que él entienda lo que voy a hacer, suficiente para que yo pueda leer el agradecimiento en sus ojos.




La detonación silencia por un segundo los aullidos de los muertos. Es como si la bala me hubiese atravesado el pecho, como si el esternón se me partiera en dos. Me destroza por dentro.


Pero no me detengo, sigo corriendo, mis piernas actúan con voluntad propia, movidas por el instinto de supervivencia. Mis compañeros son borrones a los lados, mi respiración se mezcla con la suya. No dejo de correr, no deseo otra cosa que correr hasta el fin del mundo y dejar esta ciudad en ruinas, alejarme de todo esto y nunca mirar atrás.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Vía de escape

No es fácil mover un grupo como el nuestro. Sam necesita ayuda para caminar y es obvio que las heridas le duelen aunque no se queje. Mishel no dice nada, está como ida y todavía no ha abierto la boca. Tengo que tirar de ella para que empiece a caminar. Isaac va unos metros por delante, los demás todavía estamos en el umbral de la puerta. Nos hace una señal para que lo sigamos y nos ponemos en marcha. 
Hemos caminado apenas unos metros cuando se detiene y levanta la cabeza. Atento, muy quieto, escruta los alrededores.
- ¿Qué pasa? -le pregunto desde atrás. Me manda callar con un gesto de la mano. Se da la vuelta y echa a correr, pasa junto a nosotros y rodea el edificio. Instintivamente nos movemos hacia atrás, quedándonos muy juntos, como si ello pudiera protegernos. No nos atrevemos a respirar. Si ha vuelto a abandonarnos, estamos muertos.


A lo lejos, se oye un murmullo de lamentos cada vez más próximo. No sé si ha sido el jaleo de la pelea, los disparos, o los gritos de Alex y Mishel cuando estaban siendo torturadas por todos esos malnacidos, pero algo los está atrayendo hacia aquí. Vienen, y son muchos, y aunque yo podría huir fácilmente de ellos siento la imperiosa necesidad de proteger a mis compañeros.


Isaac vuelve a aparecer por el lateral del edificio, respiro de nuevo, aunque por la expresión de su rostro el alivio durará poco tiempo. Se acerca a nosotros y habla en voz baja.
- Hay que largarse echando leches.
No me atrevo a preguntar el motivo, pero es obvio que nuestras vidas corren peligro. Los saqueadores, los podridos... qué más da, hay que escapar. Nadie pregunta nada, Isaac y Lukas cargan con Sam y yo tiro de Mishel. Tratamos de correr, pero somos lentos. Me duele todo el cuerpo tras la paliza que me han dado esos cabrones, y estoy segura de que Mishel se siente igual, o peor. La cabeza no para de zumbarme y sigo sangrando por el oído, con cada paso un pinchazo de dolor me perfora el cráneo.
Me doy cuenta de que Isaac nos conduce por la ruta que inicialmente queríamos seguir, no sé si por casualidad, en dirección a la salida de la ciudad. Trato de recordar el plano y la altura a la que estaba el cordón militar. Queda lejos todavía, un trecho que podría ser insalvable para alguien herido. ¿Dónde podría encontrar material con el que atender a Sam?


Intento pensar rápido en cómo escapar de lo que se nos viene encima. Lo primero que trato de hacer es, obviamente, correr en la dirección contraria. El problema es que ninguno de mis compañeros está en condiciones para correr, así que avanzamos lentamente entre los edificios de la zona industrial, buscando la salida de la ciudad. Los podridos tampoco son rápidos, por suerte, aunque no las tengo todas conmigo. Pero claro, como todo en este puto apocalipsis, la cosa se complica.
Uno de los saqueadores escapó cuando entré en el edificio de oficinas. No le presté atención y lo dejé vivir. Grave error.
Vuelve, trae a unos cuantos más junto a él. Puedo ver la diminuta figura acercándose acompañada de unas cuatro o cinco personas más. Una vía de escape que se cierra... a menos que yo la abra de nuevo.


- Tenéis que apartaros -dice Isaac mientras nos empuja a un lado de la calle.
- ¿Qué? ¿Qué pasa? -le pregunto, la voz me suena aguda por el miedo y la tensión. Él ni siquiera me mira, está concentrado en algo que está lejos, al otro lado de la fila de naves industriales. Es... oh, joder, no... por favor, que no vuelvan a venir, por favor... 
- Puedo con ellos -responde Isaac-, pero tenéis que esconderos, no puedo estar pendiente de ellos y de vosotros a la vez.
- Es muy peligroso... -susurra Sam detrás de mí.
- Ya lo sé, por eso necesito concentración -Isaac parece ya un tanto exasperado, nos empuja hacia la puerta metálica de una de las naves-. Meteos ahí dentro y por favor, no hagáis ninguna tontería. No salgáis hasta que venga a buscaros.
La patada que da a la puerta hace que por un instante acuda a mi mente la imagen de Mel. Tiene que golpear una segunda vez, y la puerta cede. Entramos, él se queda fuera.


Me aseguro de que Alex y Lukas aseguren la puerta de la nave desde dentro. Les recuerdo una vez más que no se muevan de allí, cojo aire y emprendo la carrera.
A medida que me acerco a los saqueadores mis compañeros desaparecen progresivamente de mi mente y mi atención se estrecha hasta concentrarme únicamente en las figuras que tengo delante. Siento un cosquilleo en brazos y piernas, ese extraño calor en las venas, aumento la velocidad y salto.
Los saqueadores lanzan algunos disparos hacia el lugar donde estaba hace un segundo. De repente sus movimientos se me antojan sumamente lentos. Son cuatro, llevan armas, pero no desperdiciarán demasiada munición si conservan algún resquicio de inteligencia. Me muevo tan rápido como puedo, convirtiéndome en un objetivo difícil. Ahora estoy suficientemente cerca como para ver sus expresiones de asombro. Sonrío casi sin darme cuenta. No saben lo que se les viene encima.
La carrera me ha dado un gran impulso, así que lo aprovecho y salto. Un par de balas pasan peligrosamente cerca, levanto las piernas y aterrizo sobre uno de los hombres, hundiendo mis botas en su pecho. Veo cómo abre la boca intentando respirar, buscando desesperadamente el aire, pero lo único que consigue es comenzar a escupir sangre con un sonido ahogado. Con los pulmones destrozados ya no supone una amenaza. Uno menos.


Se oyen gritos en el exterior. Suenan disparos. La saliva se me atraganta.


Giro sobre mí mismo y agarro con fuerza el brazo del hombre que tengo más cerca, una bala me roza el cuello como una caricia ardiente. Deja una quemadura, no me duele, tiro del brazo que he agarrado sintiendo como el codo del tipo se disloca y él deja escapar un alarido. Uso su cuerpo como escudo y cargo contra uno de los otros dos, siento un par de disparos impactar contra él pero me frenan sólo de forma momentánea.


Nadie respira dentro de esa nave industrial. Sam tose, a Mishel se le escurre una lágrima por la mejilla. Un murmullo creciente se aproxima.


Caigo sobre el tercero, entre él y yo el cuerpo de su compañero moribundo. Me lanzo a su cuello y arranco un pedazo de carne, la trago casi sin masticar y vuelvo sobre él. En pocos segundos su cara y su cuello no son más que una masa deforme. Cuando levanto la cabeza, el último de los saqueadores corre como un poseso, alejándose entre los edificios. No, no cometeré dos veces el mismo error.


Algo golpea la puerta. No nos movemos.
Golpea de nuevo.
Lukas se acerca, lleva en las manos una pistola con unas pocas balas en el cargador.
- ¿Isaac? -susurra junto a la puerta. Un nuevo golpe como respuesta.


Echo a correr tras él, sorprendiéndome a mí mismo sonriendo en la persecución. Me siento tentado de reducir la velocidad, darle un pequeño margen para que la caza sea más divertida, como un gato que juega con el ratón haciéndole creer que puede escapar. Pero no, no es momento de perder el tiempo. Acelero y casi lo alcanzo, él, en una maniobra desesperada, me descerraja dos tiros que casi aciertan en la cabeza. Caigo sobre él con fuerza demoledora, en pocos segundos dejo de oír sus gritos. Tengo hambre.


Tratamos de sujetar la puerta, de buscar algo con lo que tapiarla, pero no nos da tiempo. Poco a poco comienza a ceder y el primer podrido se abre paso por la pequeña rendija que la horda ha conseguido abrir. Lukas lo golpea con fuerza, haciendo que caiga al suelo, y suelta una lluvia de patadas sobre su cabeza. Abrir un cráneo no es tan fácil como hacen ver en las películas.
Otro logra colarse, hora de volver a usar el martillo. 


Arranco los pedazos de carne casi sin respirar, comiendo con avidez, completamente descontrolado. Cuando un alarido a mis espaldas me hace volver a la consciencia, me encuentro a mí mismo sobre un cuerpo destrozado, irreconocible. Me vuelvo malhumorado, buscando lo que ha interrumpido mi almuerzo, y la realidad me golpea como un mazo. Los podridos han llegado a la nave donde escondí a mis compañeros, y saben que están allí. Se arremolinan alrededor de la puerta, gritando desquiciados. Tal vez ya estén muertos... Vuelvo a correr, todavía con restos de sangre entre los labios.

lunes, 11 de octubre de 2010

Desaparecer

Todo se detiene tras el abrazo, y puedo notar como toda la rabia, el hambre y los impulsos depredadores que hace un segundo me parecían tan reales, desaparecen, todo desaparece y sólo queda el calor de un abrazo, la sensación puramente humana de protección a través del prójimo, sensación que tenía completamente olvidada.
Miro a mi alrededor y veo mi reflejo en una estalactita de vidrio roto que cuelga del ventanal, estoy hecho un asco y aún así me descubro sonriendo, respiro profundamente relajado ya que a pesar de todo sigo sintiéndome humano, de nuevo y por primera vez en demasiado tiempo. Huelo el miedo de los dos hombres en la estancia, pero el de ella ha desaparecido, está tranquila, ¿protegida quizá? Aspiro su familiar aroma una vez más cuando me descubro salivando de nuevo, la sombra se cierne sobre mí de nuevo, siento esos impulsos horribles que me alejan de mi humanidad, me reprimo con fuerza pero mi rostro en el espejo ya no refleja una sonrisa, sino la promesa de una muerte que termina en el torbellino de la lucha que sufro en mi interior.

Me siento bien durante unos momentos con la amenaza de una muerte segura brevemente interrumpida. Los brazos de Isaac son un escudo protector hasta que sus manos, que descansan sobre mis hombros, comienzan a presionar con más fuerza de lo normal. Me está haciendo daño, intento separarme de él pero no me deja moverme. Hasta la expresión de su rostro ha cambiado.
- Isaac, ¿qué estás haciendo? -pregunto, casi gritando, mientras intento de nuevo echarme hacia atrás. No puedo evitar asustarme después de lo que acabo de verle hacer. Percibo un movimiento por el rabillo del ojo, Lukas está alerta frente a nosotros, preparado para saltar. De pronto Isaac se relaja, me suelta y retrocede unos pasos.
- Lo... lo siento -murmura, dirigiéndose a la puerta. Sam, apoyado en el umbral, intenta cortarle el paso. Hace una mueca de dolor al moverse un poco.
- ¡Espera! -le grito a Isaac. Parece muy preocupado, asustado quizá, no es difícil intuir que su intención es marcharse de nuevo ahora que su intervención ya ha terminado. Pero no voy a permitir que se marche, al menos de momento, aunque haya matado a dos hombres con sus propias manos. Después de todo, ellos me estaban haciendo daño y él me protegió. Ahora toca proteger a otros compañeros, hay que atender a Sam y...
- ¿Dónde está Mishel?

Desde el umbral de la puerta, junto a Sam, dirijo una mirada fugaz a la habitación del otro lado del pasillo, el lugar por el que entré en el edificio. Una imagen destella en mi cabeza y recuerdo que vi a Mishel allí. Se lo indico a los demás con un simple gesto de la mano, sin conseguir disimular un leve temblor. Por un momento creí que iba a despedazar a Alex, me estremezco con solo pensarlo.
Me vuelvo hacia Sam, esboza una sonrisa torcida.
- Maldito cabrón, ya era hora de que aparecieras -dice, suelta una carcajada que se interrumpe por un acceso de tos. Los saqueadores se cebaron con él, siento un cosquilleo en los brazos al pensarlo y la rabia me recorre el espinazo. Volvería a matarlos otra vez ahora mismo.
La doctora se acerca a Sam y examina algunas de las heridas. Su rostro lo dice todo, la cosa no pinta nada bien.
- Necesitamos llevarte a un hospital, no tengo material con el que atenderte aquí y si se infectan las heridas...
Sam la silencia con un gesto de la mano.
- Estaré bien, encontremos a Mishel y luego buscaremos un lugar mejor.
Ella se muerde el labio, preocupada, pero es difícil convencer a Sam de que no haga lo que quiere hacer.
- ¿Dónde están los saqueadores? -pregunta Alex con un hilo de voz. Muevo la cabeza.
- Muertos -respondo-. Uno de ellos escapó, creo.
Asiente y se adelanta unos pasos. Los demás nos hemos quedado parados, al darse cuenta se da la vuelta y frunce el ceño. 
- ¿Vais a venir o qué?

Recorremos el pasillo en silencio. Me llevo una mano a la cabeza, siento un dolor punzante en el lado donde recibí el golpe y un desagradable zumbido en el oído. 
- Espera -dice Isaac cuando estamos ante la puerta-, yo iré delante.
No estoy en situación de hacerme la heroína, así que me hago un lado y lo dejo pasar. Un instante después hace gestos con la mano para que lo sigamos. Todo despejado, parece. Entramos.
En el despacho entra algo de la luz del amanecer, dejando ver el festín de sangre y miembros mutilados que Isaac dejó a su paso. No puedo evitar llevarme las manos a la boca y dar, instintivamente, un paso atrás. Por mucha sangre que uno haya visto en Urgencias, el espectáculo es demasiado atroz como para dejar a nadie indiferente. Incluso él parece afectado durante unos momentos al contemplar su propia obra.
Mishel es un bulto tembloroso en un rincón de la estancia, desnuda y ensangrentada. Me acerco a ella y le toco el brazo, susurrando su nombre. Se aparta de mí rápidamente, sobresaltada y a la defensiva. Le lleva unos segundos comprender quién soy. Las lágrimas dibujan surcos irregulares en la suciedad y la sangre seca que cubre sus mejillas.
- Vamos -apremia Lukas, con suavidad-. Este lugar ya no es seguro, es mejor que nos marchemos.
Asiento y busco la ropa de Mishel entre los muebles destrozados y los restos de los cuerpos. Está hecha un asco, echo un vistazo a la mía para ver si puedo prestarle algo pero el aspecto no es mejor. La ayudo a vestirse y a ponerse de pie, probablemente ella también necesitará atención médica en cuanto encontremos un lugar tranquilo donde descansar.
Isaac se asoma a la ventana, el cristal está roto.
- Los alrededores están despejados, al menos por el momento.
Convencidos de que lo mejor es salir de aquí, recuperamos nuestras cosas y nos ponemos en marcha. De todas formas, si nos quedamos, no podré atender ni a Sam ni a Mishel, y corremos el riesgo de que el tipo que escapó vuelva a buscarnos con más compañía. Desaparecer parece la mejor alternativa.

sábado, 21 de agosto de 2010

Sangre y tortura


Estoy sentada en el suelo, la sensación de impotencia ardiéndome en el pecho. Ha estado ahí desde que empezó todo este desastre, la falta de control sobre los acontecimientos, sobre lo que me ocurría, sobre mi vida... Se hizo más fuerte cuando nos abandonó Isaac y casi creí que me mataría en el Purgatorio, pero ahora me está anulando por completo. La parte de mí que insiste en seguir luchando empieza a ceder ante la que quiere darse por vencida y cada segundo es más difícil resistir. Sería tan fácil dejarme morir...


Alguien habla en la otra habitación. Tardo unos segundos en darme cuenta de que es Lukas, y de que me está hablando a mí. Me cuesta entenderlo al principio. Al final saco unas palabras en claro.
- Sam está aquí. Está muy mal.
- ¿Qué le han hecho? -digo casi a gritos pegada a la pared. Pasan unos segundos antes de que me responda.
- Le han pegado una paliza, Alex -responde Lukas-. Está consciente. Débil.
Me pongo a temblar. Por favor, Sam no...
- Tiene una herida. Sangra mucho -añade Lukas. Respiro profundamente.
- Busca algo para taponar la herida. Tu chaqueta, cualquier cosa, tienes que hacer presión sobre ella.
Unos exasperantes momentos de silencio.
- Ya está. ¿Qué hago ahora?
- Presiona la herida. ¿Cómo respira?
Tarda en responder. Escucho unos murmullos que no entiendo, parece que habla con Sam.
- Le cuesta. Dice que le duele el pecho.
Me acuden a la mente miles de posibilidades. Dolor muscular. El corazón. Una costilla rota, perforando el pulmón. Ninguna ante la que yo pueda hacer algo ahora.


El olor se hace cada vez más intenso, sin duda voy en la dirección correcta, mi corazón se desboca ante el embriagador sabor del miedo, es tan intenso y visceral que lo saboreo en el paladar. Sigo a toda velocidad, callejeando y esquivando escombros, coches calcinados y los espectros de la muerte que abrazan el aire a mi paso deseando sentir mi carne en sus labios, pero no hay tiempo de jugar con ellos, la verdadera diversión esta a unos cuatrocientos metros, puedo estimar que de entre todas las edificaciones, el edificio de oficinas es mi objetivo. Giro unas cuantas calles, salto un par de coches y tras doblar la última esquina encuentro una barricada de cadáveres ante la avenida que lleva justo al edificio al que me dirijo. Me detengo bruscamente, los músculos de las piernas tensados, mi corazón bombeando firme y potente bajo mi pecho... cierro los ojos por un momento explorando la zona con mi olfato, una sonrisa se dibuja en mi rostro, están todos aquí... y al parecer han hecho nuevos amigos, aspiro con fuerza por la nariz, maleantes, piratas o asesinos, casi puedo oler sus negras y pútridas almas.


Creo que es de noche. La poca luz que se colaba por la ventana tapiada ha desaparecido. Hace un rato que no tengo noticias de mis compañeros, lo último que supe es que Sam se había quedado dormido. Al menos Lukas está con él. Se han estado escuchando ruidos en el piso de arriba que me han hecho pensar en Mishel. No sé si sigue en el despacho o la han encerrado también. Ni siquiera sé si sigue con vida. Joder, deben de haberle hecho de todo.
Escucho pasos y voces por el pasillo que me sobresaltan. Son dos, están cerca, hablando entre ellos. Uno suelta una risotada y me estremezco. Están frente a mi puerta.
- ¿No se cabreará el jefe?
- Él ya tiene a la rubia, ¿qué más le da lo que hagamos con la otra?
La puerta comienza a abrirse y todo mi cuerpo se pone alerta, los músculos tensos como cables de acero. Entran.


Me acerco sigilosamente, cubierto por el negro manto de la noche, no es un edificio muy accesible así que no parece haber nadie vigilando. Multitud de cadáveres rodean el edificio formando como un arco a su alrededor, o han repelido algún ataque numeroso o se dedican a hacer prácticas de tiro con los que husmean por aquí, sea como sea, parece que los podridos saben que no es bueno acercar sus traseros a esta zona que ahora parece muy despejada.


Percibo el dolor y el peligro en el piso de arriba, alguien está sufriendo una gran agonía y probablemente no tenga final feliz, ¿Mishel? el olor de sexo y sangre se confunden con el miedo y la excitación, hay al menos tres hombres ahí arriba. Trepo ansioso y hambriento de carne por la farola más próxima al ventanal del segundo piso que despide olores que prometen diversión. Sin duda la fiesta lleva en marcha bastante tiempo, siento como sube ese calor en mi interior, tenso los músculos y salto los ocho metros que me separan de la ventana dispuesto a reventarlo con el hombro...
Vivo la escena muy lentamente, como si todo fuera a cámara lenta aunque en realidad pasan un par de minutos. El cristal explota ante el golpe y siento que las diminutas astillas de cristal me acarician dejando una estela de sangre cuando ruedo por el suelo de la estancia, tres hombres ataviados como moteros de carretera o piratas de ciudad disfrutan de la compañía de Mishel hasta que interrumpo con mi entrada, no les doy tiempo para mucho más, me abalanzo sobre el primero como una bestia terrible, las venas negras marcadas en tensión por todo el cuerpo. Lo levanto del cuello, apenas noto su peso y lo lanzo por la ventana, un segundo con una argolla en la nariz y demasiado ataviado con pulseras de pinchos y cadenas, se abalanza sobre mí navaja en mano, detengo el golpe y le parto el antebrazo empujando con un golpe seco su puño hasta verle el hueso. El tío aulla de dolor mientras sus sucias lágrimas empapan sus ojos, le muerdo en la cara arrancando un trozo de carne mientras miro como el tercer motero se sube los pantalones.
Me abalanzo sobre él sin darle tiempo a abrocharlos y estampo su cráneo contra el suelo, al lado de Mishel, lo hago con tanta violencia y tantas veces que su cara desfigurada queda empapada en un charco de sangre.
Me alimento un poco más del que queda vivo en la estancia, está en sock con un agujero en la cara por el que asoman los dientes ensangrentados y el hueso del antebrazo al aire libre, sacio mi hambre con él hasta matarlo ante la mirada de una atónita Mishel, ni siquiera sé si me ve, al menos lo que queda de ella, sangrando por la entrepierna, la cara y múltiples heridas por la espalda. Oigo ruido por la escalera de la otra punta del pasillo, alguien viene, olfateo el viciado aire de violencia...

Contengo la respiración mientras se acercan a mí, apenas dos siluetas recortadas a la escasa luz que llega del pasillo. Otra vez esa risa.
Cuando uno de ellos me toca, es como si saltara un resorte. Grito, me revuelvo, doy patadas, intento resistirme con todas mis fuerzas. Una patada en el estómago me corta la respiración y acalla mis gritos durante unos momentos. Siento unas manos agarrarme con fuerza de los brazos y del pelo y una tira de cinta adhesiva sobre mis labios. Me sacan de la habitación a rastras y me llevan escaleras arriba. Nos dirigimos al otro extremo del pasillo, justo al otro lado del despacho principal. Los gritos que salen de allí son terribles, me estremezco al pensar en Mishel.
- Menuda fiesta se están dando con la rubia -oigo detrás de mí, seguido de una carcajada. Me empujan al interior de la habitación y caigo al suelo, sobre mi hombro derecho.
- ¡Cierra la puerta, Ron! -grita uno de mis agresores. Escucho un portazo y me vuelvo. Aquí hay más luz y puedo ver que son los mismos cabrones que nos abrieron la puerta. El que tiene el pelo rapado se abalanza sobre mí, tratando de inmovilizarme. Me revuelvo con fuerza y lanzo patadas al aire intentando golpearlo, pero no lo consigo. El corazón me late tan fuerte que creo que voy a sufrir un infarto, la cinta adhesiva sobre la boca me dificulta la respiración y siento que me ahogo. Me coge los brazos con tanta fuerza que sus uñas se clavan en mi piel.
- ¡Maldita sea, Ron, ayúdame!
Me golpea en la cara.
- ¡Estate quieta!
El otro se acerca y nos rodea, se coloca detrás de mí y me aprisiona los brazos contra el suelo. El calvo me desabrocha los pantalones y tira de ellos. Casi me vuelvo loca, pataleo con fuerza, acierto un golpe contra él.
- ¡La muy puta me ha pegado! -grita, golpeándome de nuevo-. ¡Haz que se esté quieta, Ron!
No lo veo venir. El impacto de la bota de Ron contra mi cabeza es brutal. El dolor irradia desde mi sien derecha, expandiéndose por todo el cráneo, una sensación cálida bajando desde el oído al cuello, empapando mi camiseta en una mancha oscura. Me debato en los límites de la inconsciencia, luchando por no desmayarme. El mundo se convierte en un borrón, en unas manos que arañan mi piel al tirar de mi ropa interior, en una sombra que se inclina sobre mí y en un intenso dolor en la entrepierna.

jueves, 19 de agosto de 2010

La última esperanza

Recorro el pasillo moviéndome como una tarántula hacia su presa, alcanzo la habitación en pocos segundos y ésta vez parece que la fiesta está a punto de comenzar.
- ¿Interrumpo?- comento con sarcasmo a los asaltantes, rápidamente uno de ellos alza una barra de metal que tiene un parecido demasiado razonable a una llave inglesa.
-Es una fiesta privada héroe, ¿o es que vienes por otra cosa?- escupe el que sujeta a una semi inconsciente Alex.
- Vengo desde el infierno atraído por la peste que emana de vuestros sucios traseros.
Acto seguido el asaltante frunce el ceño extrañado.


- Oye, ¿qué coño te pasa en las venas? Este tío está infectado... ¡mátale!


El tío de la llave inglesa se abalanza sobre mí con un gruñido asomando por sus labios, dejo que cargue y detengo su golpe cogiéndole la mano que empuña el arma, aprieto con todas mis fuerzas, el tipo trata de zafarse, me golpea y gime de dolor mientras se va acuclillando, aprieto más y más hasta que empiezo a notar los chasquidos de los huesos aprisionados entre mi mano y la empuñadura de la llave. Me mira incrédulo, con los ojos desorbitados y la mano hecha puré. Le quito tranquilamente el arma y hundo la llave en su frente.
- Ahora me toca a mí- digo mientras avanzo hasta el motero que queda y suena a mis espaldas el cuerpo del otro tipo al caer. Mis venas marcadas, mi mirada de depredador, mi avance implacable... el tipo se ha meado encima y tiembla como una colegiala el primer día de instituto. Trato de sonreirle, al fin y al cabo es mejor ver una cara sonriente antes de morir, le cojo del cuello y aprieto su nuez contra la tráquea, de pronto oigo un disparo, aprieto con fuerza y una pistola se desliza entre los dedos inertes del motero. ¿Ha fallado? De pronto las fuerzas me abandonan, el vientre me arde y mi sangre más espesa de lo habitual empieza a salir copiosamente durante unos segundos, me tambaleo ligeramente, la habitación me ha dado una vuelta entera, trato de centrarme, meto los dedos y saco la bala hurgando en mi herida, medio minuto más y parece que dejo de sangrar, sigo mareado, me arde el vientre y siento agotamiento, todo de golpe, como si de repente fuera solo humano.


Escucho una conversación que me llega desde lejos, desde fuera del pozo de inconsciencia en el que lucho por no caer. Una voz familiar que no consigo identificar, golpes, la fuerza que me aprisionaba contra el suelo de pronto desaparecida. El miedo es ahora menos intenso, diluido en el dolor y la derrota. La conversación continúa a mis espaldas, pero las palabras me resultan incomprensibles y apenas las oigo. Intento sobreponerme al mareo y a pesar de que no consigo enfocar la mirada, trato de darme la vuelta y arrastrarme lejos de los ruidos de la pelea. Me subo la ropa interior, enredada en mis tobillos, y avanzo a gatas hasta toparme con la pared. Me arranco de un tirón la cinta adhesiva que me cubre la boca y cojo aire. Cuando alzo la vista siento el horror volviendo de golpe a medida que empiezo a discernir lo que ocurre ante mis ojos. Uno de mis atacantes está tendido en el suelo, el cráneo abierto con algún tipo de herramienta, tal vez una llave inglesa. Enfrente, el otro forcejea con un hombre pálido, de aspecto enfermo, con la piel surcada por finas líneas oscuras que esboza una sonrisa cruel. A pesar de la mueca que le deforma el rostro, a pesar de que su cuerpo está sembrado de heridas y sangre, reconozco los rasgos de Isaac.


El sonido de un disparo me sobresalta de tal manera que me golpeo contra la pared. Isaac, con expresión de sorpresa, cierra una poderosa garra sobre el cuello del hombre que hace un minuto intentaba violarme, y tras un crujido claramente audible su cabeza se descuelga a un lado formando un ángulo antinatural. Al tiempo que lo deja caer, lo que un día fue mi amigo mira con atención su abdomen empapado en sangre oscura y mete los dedos en la herida hasta extraer la bala. La única muestra de dolor es un leve gruñido interrumpiendo una respiración entrecortada. Entonces levanta la mirada, clavando sus ojos en los míos. Me quedo paralizada, pegada a la pared, de pronto intensamente consciente de cualquier sensación, mi corazón bombeando con fuerza, el dolor sordo de las heridas, el zumbido en mi cabeza y el hilo de sangre que me baja desde el oído y ya me llega al pecho. Creo percibir un atisbo de miedo en Isaac, que enseguida se transforma en esa expresión que acabo de verle al matar a los dos hombres. La exaltación del depredador observando a su presa.


Toso un poco de sangre por la herida, aunque parece que cada vez me molesta menos, es algo progresivo pero constante, de repente aparecen dos hombres más por la puerta de la habitación, uno más joven y fuerte lleva a... Sam... me quedo perplejo por un instante, apaleado y malherido apenas se mueve sin una mueca de dolor en el rostro. El otro hombre me mira perplejo, acomoda rápidamente a Sam en el quicio de la puerta y se dirige a por mi congestionado su rostro en una mueca de ira. 
-¡Déjala! - me grita cargando contra mí con todo. Suspiro resignado unos segundos antes del encontronazo, siento el calor de nuevo en las venas de mi brazo, me posiciono para recibirle y con un rápido revés golpeo su torso con ganas haciendo volar su cuerpo hasta la otra pared de la habitación. Se retuerce de dolor en el suelo y sonrío dispuesto a terminar el trabajo, me dirijo hacia él, implacable, Sam abre los ojos de forma desmesurada y comprendo que acaba de reconocerme, trata de alargar su brazo y balbucea algo incomprensible, pero no puede alcanzarme ni hacer nada, no en su estado.



No sé cómo han escapado de su encierro pero me quedo con la boca abierta cuando los veo aparecer. El aspecto de Sam es deplorable, a simple vista distingo múltiples contusiones, un corte sobre la ceja y varias heridas en las manos, por no hablar de lo que debe ocultar bajo la ropa. ¿Qué le han hecho esos animales...?
Pero no tengo tiempo de pensar nada más, Lukas ha gritado algo y carga a la carrera contra Isaac, que lo envía al suelo de un golpe descomunal. Sam murmura algo, Isaac lo ignora y avanza hacia Lukas. A un lado, los cadáveres destrozados de mis agresores, me doy cuenta de que eso es lo que le espera a Lukas en manos de Isaac. No, no, no...
- ¡Isaac, no lo hagas! 
Se detiene apenas una fracción de segundo y continua hacia Lukas, esbozando esa sonrisa escalofriante, como si estuviera disfrutando con la situación. Sin pensar, me pongo de pie y me lanzo sobre él, ingenuamente dispuesta a detenerlo.
- ¡Isaac, por favor, no! -le grito, casi llorando, tirando de su brazo con todas mis fuerzas. Se deshace de mí con una simple sacudida, lo intento de nuevo, poniéndome en medio de su camino con los ojos llenos de lágrimas. Me aparta de un empujón y caigo al suelo. Entonces todo se detiene, como si el mundo hubiese dejado de girar.
Isaac se vuelve hacia mí y me observa un instante, perplejo. El silencio es tan intenso que oigo los latidos de mi corazón, acelerados, golpeando rítmicamente en los oídos. No me atrevo a desviar la mirada de los ojos de Isaac, tengo la sensación de que si lo hago se dará la vuelta y destrozará a Lukas sin vacilar. Sin embargo, su forma de mirarme ahora es ligeramente diferente, parece confuso, como si dudara sobre qué hacer. Me doy cuenta de que estoy temblando, los pensamientos me vienen a la mente tan rápido que la cabeza me da vueltas. ¿Qué te hicieron, Isaac? ¿En qué te has convertido? No puedes ser un monstruo, me niego a creerlo... Tiene que haber algo de él ahí dentro...
Despacio, comienzo a incorporarme. Me pongo de pie poco a poco, sin dejar de sostenerle la mirada, haciendo un descomunal esfuerzo para que las piernas me sostengan. Doy un paso hacia delante, con mucha cautela, acercándome a él sin atreverme a respirar. Otro paso, siento la atónita mirada de Sam y Lukas sobre mí, pero ninguno de los dos se atreve a moverse un ápice. Levanto los brazos muy lentamente y acerco las manos a su rostro sin poder contener el temblor, hasta rodear su cuello y abrazarlo con fuerza. Permanece rígido, en tensión, completamente inmóvil. Una lágrima se abre paso por mi mejilla, y luego una más, y otra. Mi cuerpo se estremece en repetidas sacudidas, incapaz de dejar de llorar. Pasa un minuto, tal vez dos. Unos brazos fuertes, todavía tensos, me rodean con cuidado la espalda.